Cátedra Divina – Mayo de 1999

 
Este artículo pertenece al tema de Comunicaciones Divinas de espíritu a Espíritu. Parte 2 de 11

Comprended que con cada pecado que cometéis, añadís un nuevo tramo al camino de vuestra restitución espiritual por donde habréis de transitar de retorno, volviendo sobre vuestros pasos, para lograr regresar al estado primigenio de pureza con el que brotasteis del Padre.

Ved que os digo pureza, la que no debéis confundir con la perfección.

Os dije antes que la perfección solo la logra el espíritu por medio de su evolución; en cambio, todos estáis dotados de pureza desde el momento mismo en que brotasteis a la vida, pureza que proviene de la inocencia.

Todo espíritu, al nacer a la vida es dotado por el Padre de los mismos atributos y dones, y dentro de ellos se encuentran el libre albedrío y la conciencia.

Mas si todos fuisteis iguales al brotar de Mí, ¿qué es entonces lo que motivó que unos cometieseis errores que os llevaran a alejaros de la mansión del Padre, mientras que otros espíritus permanecieron a mi vera?

Es tiempo ya de que os explique esto.

En el momento mismo de comenzar vuestra vida espiritual, todas vuestras facultades y atributos estaban ya en vosotros; unos en plena vigencia los cuales pudisteis ejercer de inmediato, y otros que se encontraban en potencia, esperando por su desarrollo, el cual habría de ser llevado a plenitud después de una jornada de evolución y de aprendizaje.

Fue por virtud de aquellas facultades y atributos que comenzasteis a poner, por vosotros mismos, en vuestra incipiente vida espiritual las características que luego habrían de definiros como individuos.

No es el Padre quien os fija aquello que determina vuestro carácter; todos tenéis la misma herencia divina, pero toca a cada espíritu ir labrando, paso a paso, hecho tras hecho, pensamiento tras pensamiento, todo aquello que ha de construir su carácter.

Hoy, mucho tiempo después, esto os parece ser lo contrario, pues creéis que es vuestro carácter el que rige y norma vuestros pensamientos, palabras y obras, pero de cierto os digo que al principio esto no fue así.

Vuestro libre albedrío y vuestra conciencia se encontraban activos desde el principio de vuestro ser, mas siendo la conciencia perfecta e inmutable, permaneció invariable ya que no está sujeta a evolución, a diferencia de vuestro libre albedrío, el cual vais desarrollando tal y como todos los demás dones, de manera gradual.

¿Podría el Padre haberos puesto en total uso de vuestro libre albedrío desde el primer momento de vuestra vida espiritual? No mis hijos, porque aun estando en vosotros la conciencia, no podría ésta seros útil sin antes haberse expandido vuestro libre albedrío, y esto solo se logra por medio de su ejercicio, de su puesta en práctica.

Fue entonces cuando comenzaron los primeros errores, y en verdad os digo que absolutamente todo espíritu ha cometido, al menos en su infancia espiritual, errores que le han servido para aprender y para perfeccionarse.

Similitud de ello tenéis en vuestros hijos pequeños que con sus primeros pasos, van adquiriendo la destreza necesaria para aprender a caminar.

Mas durante ese proceso, vuestro libre albedrío tuvo efecto también sobre vuestro propio ser, marcando características propias que os han acabado por diferenciar de los demás.

Y así, mientras a unos, su carácter les permitió aceptar humildemente las reconvenciones y amorosas amonestaciones del Padre, asimilándolas y evitando con ello mayores errores, otros, en uso también de su libre albedrío, manifestaron su carácter rechazando toda corrección y trayendo como consecuencia de sus decisiones, el cometer nuevos y mayores errores.

Mientras unos fueron perfeccionando y elevándose, errando y aprendiendo de inmediato, otros caísteis de pendiente en pendiente hasta llegar a crear, virtud a vuestro don de creatividad, inusitados modos de vida y dentro de ellos, habéis creado el mal.

Sí, mis hijos, el mal no es obra divina, no es parte de la Creación del Padre. ¿Cómo podría serlo si el Padre es todo bien y todo amor, cuando todo en Dios es perfección? ¿Creéis por ventura, que como parte de vuestra herencia divina llevasteis desde vuestro principio la semilla del mal?

De la nada, nada puede brotar; si brotó el mal, entonces ¿de dónde vino? De vuestro carácter, el cual por decisión propia, hicisteis rebelde y desobediente.

Es natural que después de caer tanto como consecuencia de la desobediencia, el espíritu sienta que una fuerza mayor que él le oprime y le mantiene atado a las bajas pasiones y a las malas influencias.

Ved que os he hablado de vuestro carácter, de vuestra individualidad, mas no les confundáis con la personalidad, esa máscara de hipocresía a cuyo cultivo tantos de vuestros hermanos dedican todos sus afanes, convirtiéndose en misioneros de sí mismos y cayendo cada vez más en el abismo del odio, la intolerancia y el egoísmo.

Y me preguntáis: “Padre, ¿existe una cumbre de perfección para el espíritu? Y el Padre os responde ahora: “Si, mis hijos, existe una cumbre de perfección para el espíritu de los hijos; mas sin embargo, nunca llegará el hijo a ser igual al Padre, porque la perfección divina está más allá de lo que vosotros podéis comprender”.

No os dije esto antes porque no lo habríais comprendido, pero vuestra evolución ha llegado al punto en que cosas que antes os hubieran turbado, hoy os iluminan el camino.

Así podréis comprender ahora que una es la perfección del Padre y otra es la perfección del hijo.

Mirad: Así como en vuestra vida humana cubre el hombre varias etapas ascendentes hasta llegar a la final donde culmina su vida en cuanto a la carne, a similitud, en el espíritu vais ascendiendo de morada en morada hasta llegar a la apoteosis de vuestra evolución, donde vuestra pureza no es ya nacida de vuestra inocencia, sino que procede de vuestra sabiduría, sabiduría que habéis adquirido después de una jornada que fue plena en experiencia y en aprovechamiento de las lecciones aprendidas durante la misma.

¿Es este el final de vuestra vida como espíritu? En verdad os digo que no, que es apenas cuando comenzará vuestro principado a mi diestra, ocupando el digno lugar que he reservado para cada uno de vosotros, lugar que nunca debisteis haber abandonado y donde como príncipes de la Creación, asumiréis vuestras nuevas y elevadísimas tareas con vuestros hermanos menores, colaborando de manera completa y perfecta con la divina Obra de amor del Padre.

Os he hablado también de los lazos invisibles que unen a cada uno de los espíritus entre sí y a éstos con su Señor; ahora es tiempo de explicaros que esos lazos son conductos de amor, son semejantes a rutas luminosas por donde fluyen pensamientos y vibraciones en un sentido y en otro.

Es a través de esos lazos que os comunicáis espiritualmente entre unos y otros, y es por medio de ellos que vuestro espíritu se comunica con el Mío y por donde, ahora, habéis aprendido a recibir la comunicación de mi Espíritu con el vuestro.

Por esos conductos eternos e inmortales, llegan a vosotros ideas, pensamientos e intenciones, y por medio de ellos también, enviáis a su vez los vuestros.

Todos sois depositarios de una fuente inmortal de salud y bienestar espiritual; cuando enfermáis es porque habéis cerrado la puerta de vuestro ser a los beneficios que emanan de esa fuente inagotable de amor.

Pues bien, es a través de esos lazos de amor que puede fluir la salud de un espíritu al otro; es así como Jesús curaba, transmitiendo por medio de la caridad que es amor, curación espiritual y sanación hacia el espíritu enfermo y a la materia por añadidura.

¿Puede enfermar el espíritu? En verdad que sí, muchas y variadas son las enfermedades que pueden aquejar a un espíritu; la tristeza, la desolación, las bajas pasiones, los vicios, la mala voluntad y la poca fe son algunas de las enfermedades de vuestro espíritu, mismas que por consiguiente se propagan a la materia.

Los médicos materiales sanan al cuerpo, pero al espíritu ¿quién le sanará? El espíritu.

¡Mi paz sea con vosotros!