¿Quién soy? ¿De dónde vengo?

 


Conocéos a vosotros mismos.



En el fondo del espíritu de todo hombre, en lo más profundo de su ser, se encuentra un infinito, un arcano, un misterio, un santuario y allí está el Padre. Mas ese santuario se encuentra cerrado porque el hombre no se conoce a sí mismo.


He contemplado la existencia de la Humanidad de todos los tiempos, y sé cuál ha sido la causa de todos sus dolores y desdichas.


De Mí brotásteis y, por tanto, a Mí volveréis.

¿Quién soy?

Cada espíritu brotó de un pensamiento puro de la Divinidad, por eso los espíritus son obra perfecta del Padre.

El camino del espíritu comienza y termina en Mí; ese camino es el que el Maestro viene a enseñaros nuevamente.

Cuando brotásteis de Mí, fuisteis dotados de todos los atributos necesarios para recorrer el largo camino de la vida y saber regresar al punto de partida; ninguno de estos dones ha sido adquirido en la jornada, todo lo poseía el espíritu desde su principio. La conciencia es innata al espíritu, es luz; a cada paso le va aconsejando que haga méritos para ayudarle a retornar al Padre.

Yo os amé antes de que existiérais, os acaricié en Mí y al nacer os hice sentir mi ternura divina. Si vosotros amáis a vuestro Padre, tenéis que amar a vuestros hermanos mayores y a vuestros hermanos menores, sabiendo que cada ser que existe es porque Dios así lo ha querido y que cada criatura es la forma de un pensamiento divino.

Antes de vuestra creación estabais en la mente paterna de Dios, y después, ya como criatura espiritual, en la mansión donde todo vibra en perfecta armonía, donde se encuentra la esencia de la vida y la fuente de la verdadera luz, que es de la que vengo a alimentaros.

El dolor no fue creado por el Padre. En los tiempos de los que os hablo, no teníais por qué gemir, nada teníais que lamentar, sentíais la gloria en vosotros mismos porque en vuestra vida perfecta, erais el símbolo de esa existencia.

¿De dónde vengo?

Antes de que los mundos fuesen, antes de que toda criatura y lo que es materia surgiera a la vida, ya existía mi Espíritu Divino. Mas siendo el Todo, experimentaba en Mí un inmenso vacío, porque era como un rey sin súbditos, como un maestro sin discípulos; por ese motivo concebí la idea de crear seres semejantes a Mí, a quienes dedicaría toda mi vida, a los que amaría tan profunda e intensamente que, llegado el momento, no titubearía para ofrecerles mi sangre en la cruz. Y no os confundáis si os digo que antes de que existierais, ya os amaba.

Para que Dios pudiera nombrarse Padre, hizo brotar de su seno espíritus, criaturas semejantes a Él en sus divinos atributos; éste fue vuestro principio, así surgisteis a la vida espiritual.

Vuestro espíritu fue creado con atributos adecuados para seguir por la escala de perfección y llegar a la meta determinada en los altos designios del Señor. Aún no podéis comprender todas aquellas facultades que os dió el Padre, mas no temáis porque después las reconquistaréis y las veréis manifestarse en plenitud.

Vuestro espíritu fue creado para la lucha, para la elevación; no fue creado para la inercia, para la inmovilidad. He ahí por qué algunos espíritus han llegado a ser grandes, inspirados en el amor divino y en las bellezas creadas por Dios.

Dentro de esos espíritus, hubo los que, siendo grandes en sí pero pequeños ante lo infinito de Dios, quisieron, virtud a su libre albedrío, desafiar los designios del Padre, descendiendo por su propia voluntad a moradas y senderos creados por ellos, los cuales los apartaron del camino de perfección y de la casa del Padre; ese acto fue su primera caída, su primera desobediencia, su primer error.

Una sola imperfección desarmoniza con el amor divino y sus resultados sólo pueden evitarse volviendo al camino, al arrepentimiento definitivo y a la obediencia.

Muchos espíritus volvieron arrepentidos y rendidos, llenos de dolor pero también de esperanza, a pedirle al Padre que les purificase de aquellas faltas.

Unos habían descendido movidos por la ambición, otros por la curiosidad. El curioso es un intruso en el dominio ajeno, así como el desobediente es el más terrible enemigo de sí mismo; mas aquéllos que pronto volvieron al Padre en busca de perdón, fueron recibidos por el Amor perfecto. Sus vestiduras les fueron desmanchadas, sus amarguras borradas y su luz volvió a brillar.

Mas no todos regresaron mansos y arrepentidos de su primera desobediencia, de su primer acto de soberbia. No, muchos llegaron llenos de soberbia o de rencor. Otros, avergonzados y conociendo su culpabilidad, quisieron justificar sus faltas ante Mí, y lejos de purificarse con el arrepentimiento y la enmienda, continuaron creando, ayudados por sus atributos, una vida alejada de las leyes de amor de su Padre.

Así esos seres cayeron en nuevos y desconocidos estados de vida; al darse cuenta de que estaban dotados de grandes dones, de que tenían inteligencia y fuerza para crear por sí mismos, y creyendo ascender a cada paso, fueron cayendo lentamente hacia el abismo. Ahí crearon una vida artificial y permitieron que se desarrollara la violencia, el egoísmo, la necedad, lo absurdo y la ceguera espiritual.

Y en cada paso que los alejaba más y más del sendero de justicia, mi voz les llamaba diciéndole: -Detenéos, volved a Mí-. En la conciencia vibraba mi voz, exhortándoles a detenerse.

Fuisteis libres y grandes pero después os hicisteis misioneros de vuestras pasiones, degenerando espiritual y moralmente.

Hoy vivís dentro de una vida material donde la violencia, el rechazo de los unos hacia los otros y la desarmonía prevalecen, mientras que en en el seno de Dios todo es perfección y armonía.

Yo lloré vuestra partida desde el instante en que dejasteis la morada espiritual para ir a la Tierra. Desde entonces han sido mis lágrimas y mi sangre las que os han perdonado vuestros pecados, y mi voz dulce y serena no ha dejado de aconsejaros en vuestra jornada.

Mi sombra os ha seguido por todos los caminos. Yo soy quien en verdad os ha extrañado, vosotros no, porque cuando partisteis os sentíais fuertes y creíais que ya no necesitabais de mi apoyo.

Vuestro camino fue el libre albedrío, vuestros sentidos se dilataron para aspirar y palpar cuanto os rodeaba y fue necesario que cayeseis muy abajo para que volvierais vuestros ojos nuevamente hacia Mí.

Hasta entonces recordasteis que teníais un Padre a cuya mesa os sentabais. Entonces clamasteis a vuestro Señor, mas antes ya os había llamado Yo y estaba reclamando en mi mesa vuestra presencia.

Os había buscado, como el padre que vio partir pequeño a su hijo llevando la inocencia en su corazón y desconociendo el camino.

¿Adónde voy?

Grande será la transformación que sufra la Humanidad en breve plazo; instituciones, principios, creencias, doctrinas, costumbres, leyes y todos los órdenes de la vida humana serán conmovidos desde sus cimientos.

Sí, éste es el tiempo de la luz. Yo os digo que la luz es fuerza, es pureza y es verdad; por tanto, esa pureza y esa verdad tendrán que brillar en todos los caminos y obras de los hombres. Muchos dirán entonces: “Señor, ¡por cuánto tiempo te ocultaste a nuestras miradas” Mas Yo les diré: No es que Yo me hubiese ocultado, es que vosotros tendisteis un denso velo para no verme.

La Humanidad es mi campiña. Yo soy su labriego, pero veo que sobre sus tierras han caído innumerables plagas, y eso ha hecho demasiado laboriosa vuestra salvación.

El materialismo, la guerra, el pecado, han sido las plagas que han azotado sin cesar las tierras del Señor; mas el poder para exterminarlas está en Mí y pronto llegará el instante en que sean exterminadas para siempre. Entonces florecerán los campos, habrá paz en los corazones y pan en abundancia en todos los hogares. La vida humana será como un culto que se eleve hasta Mí al cumplir con el precepto que os dice: Amaos los unos a los otros.

Todo el que quiera convertirse en sembrador, que escuche mi lección, la grabe en su espíritu y tome la semilla, la herramienta y el agua para ir en pos de las tierras estériles que hará fructificar con su amor.

Comprended que éste es el tiempo en que os salvaréis por vuestras propias obras. No todos los méritos los debo hacer Yo en la Tercera Era de la Humanidad.

No conocéis el final del camino, pero tenéis confianza en llegar a él; no conocéis en plenitud al Padre, pero su voz despierta en vuestro corazón una fe y una esperanza absolutas. A los que así creen les diré nuevamente: Bienaventurados los que sin ver han creído.

Yo os digo: Cumplid esta Ley y tendréis paz en este mundo y después vuestro espíritu será en la gloria. Así os desperté para que, sabiendo quiénes sois, llegaseis a comprender lo elevado de vuestro destino y de vuestra misión.

Ved que el enemigo más poderoso lo lleváis en vosotros mismos. Cuando lo hayáis vencido, veréis bajo vuestros pies al dragón de siete cabezas del que os habló el apóstol Juan. Entonces será cuando en verdad podáis decir: “Puedo levantar mi faz hacia mi Señor para decirle: Señor, os seguiré” porque entonces no serán los labios los que lo digan sino el espíritu.

Si por un instante los ojos de vuestro cuerpo pudiesen contemplar a vuestro propio espíritu, deslumbrados quedaríais de saber quiénes sois y cómo sois, tendríais respeto y caridad de vosotros mismos y sentiríais un profundo dolor al contemplar por dónde habéis llevado esa luz.

Hoy vengo a deciros quiénes sois, porque no os conocéis. Vais diciendo que poseéis espíritu, sin saber lo que ello significa, sin tener siquiera fe en que tenéis espíritu, porque no lo habéis visto como lo hubierais deseado en vuestro materialismo. Si no lo conocéis, ¿cómo podréis desarrollarlo?

Carne: No seáis más la cárcel ni el verdugo del espíritu, no sea la materia su dueña y señora, dejadle que se liberte, que rechace las inclinaciones inmundas de la materia como quien ahuyenta al lobo que a cada paso le acecha.

Pronto principiará un tiempo de grandes acontecimientos para el mundo: La Tierra se estremecerá y el sol hará caer sobre este mundo, rayos candentes que quemarán su superficie; los continentes, de un punto al otro serán tocados por el dolor; los cuatro puntos de la Tierra sufrirán la purificación y no habrá criatura que no sienta el rigor y la expiación.

De Oriente a Occidente se levantarán las naciones, desconociéndose; y del Norte al Sur también se levantarán para encontrarse todos en la encrucijada; con ese choque se producirá una inmensa hoguera en la que arderá el odio, se extinguirá el orgullo y se consumirá toda la mala yerba.

Y después de este gran caos volverán las naciones a recobrar la calma y los elementos naturales se aquietarán. Después de esa noche de tempestad en que vive este mundo, aparecerá el iris de la paz y todo volverá a sus leyes, a su orden y armonía.

Veréis de nuevo el cielo limpio y los campos fecundos, las aguas en su corriente volverán a ser puras y el mar será clemente; habrá frutos en los árboles y flores en los prados y las cosechas serán abundantes.

Y el hombre, que habrá sido purificado y sano, volverá a sentirse digno y verá preparado su camino para su ascensión y retorno a Mí.

Todo será limpio y desmanchado desde su principio, para que sea digno de poseer el nuevo tiempo que se acerca, porque he de cimentar sobre bases firmes a la nueva Humanidad.

Hay muchos seres que sólo esperan el resurgimiento de la virtud en este mundo para descender y cumplir la misión que Yo les he encomendado.

El reinado del mal, que por tanto tiempo ha imperado en este mundo, está próximo a desaparecer, para dar cabida al reinado del espíritu, al desatamiento de los dones y potencias espirituales que hay en el hombre, por los cuales éste tiene un destino muy alto.